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viernes, 2 de octubre de 1970

La situación política y la DC, febrero de 1956

Comunicado de la Junta Nacional:
LA SITUACIÓN POLÍTICA DEL PAÍS Y LA DEMOCRACIA CRISTIANA
Los diversos problemas políticos, económicos y sociales que vive el país y que agitan la opinión de sus sectores, determinan a la Junta Nacional del Partido DEMÓCRATA CRISTIANO a precisar públicamente sus puntos de vista, mediante la honesta consideración de los acontecimientos.
La Revolución Libertadora, no es obra de ningún partido político en particular, ni de la ayuda foránea, sino de coincidencia de todos los ciudadanos amantes de la libertad, sin distingos ideológicos, en un esfuerzo común tendiente a lograr la recuperación institucional y moral de la República. En la realización revolucionaria tuvo parte principal la juventud. Una juventud que creció ansiando la democracia, sin haberla vivido, porque amaba la libertad que intuía como inseparable de la dignidad humana. Esa presencia juvenil significa una nueva representación de vida que se traduce en un rechazo violento del pasado inmediato y de todas las prácticas políticas que, junto con la acumulación de injusticias sociales, hicieron posible su advenimiento.
La tranquilidad pública exige el recto cumplimiento de los propósitos fundamentales del movimiento y que no se defrauden los anhelos de la nueva generación que cifró en él sus esperanzas. Esa juventud se encuentra ausente de la obra de gobierno y de la directiva política. A quienes la reemplazaron les incumbe la histórica responsabilidad de no traicionar su ideal, de demostrarles que la democracia que soñaron es mejor que la tiranía que vivieron; en una palabra, de ganarles definitivamente para la causa de la libertad.
Diversos episodios vinculados a cesantías y a nombramientos y la actuación de figuras de determinados partidos en gobiernos de provincias, motiva la impresión de que la tarea revolucionaria se ha convertido en patrimonio de agrupación política, violentando así la posibilidad de una convivencia equitativa de las distintas tendencias.
La Democracia Cristiana afirma: que ningún partido democrático que aspira a ser tenido como tal, puede pretender -sin quebrar sus principios- el acceso al gobierno a través, no de una consulta popular, sino de una revolución que no es su obra exclusiva. Para desvirtuar aquella confusión es necesario que se acentúe la neutralidad política del gobierno en las órbitas provinciales, llevando a las funciones principales a personas de reconocida filiación democrática, capaces de la suficiente ecuanimidad para permitir la cooperación democrática de los diversos partidos que lo apoyan, tarea que estos pueden y deben cumplir sin pérdida de la propia independencia o mengua de los progresos particulares.
Frente a iniciativas recientes, la democracia cristiana señala: que la pluralidad de partidos y su correspondiente actividad pública, es indispensable para la recuperación cívica del país y el esclarecimiento de la conciencia política.
No puede ser dañosa, si se cumple sin ánimo sectario y sin propósitos subalternos de carácter electoralista o de logro de posiciones. No es posible el silencio sobre temas fundamentales -como los que hacen a la educación, o a la familia- porque sería apartarse de la docencia cívica, objetivo fundamental de los partidos en una democracia. El contubernio de fuerzas políticas, hecho siempre por acuerdo de cuerpos directivos a espaldas de las masas partidarias, no es necesario para el apoyo y el éxito de un gobierno de transición. El país sólo reclama: amor al pueblo y preocupación por resolver sus problemas, sinceridad política y lealtad en los procederes.

La crítica situación económica que atravesamos, consecuencia de la precaria condición heredada del régimen pasado, impone el apoyo, sin prejuicios previos, de medidas o planes de gobierno, que sólo se justifican por su carácter de emergencia y su transitoriedad.

jueves, 1 de octubre de 1970

Juntas Consultivas, 8 de enero de 1956

NORMAS PARA EL FUNCIONAMIENTO DE LAS JUNTAS CONSULTIVAS
Buenos Aires, 8 de enero de 1956.
A su Excelencia el Señor Presidente Provisional de la Nación General de División Pedro Eugenio Aramburu
Señor Presidente:
La Junta Nacional del Partido DEMÓCRATA CRISTIANO se dirige a V.E. para hacerle conocer uno de los votos de nuestra Convención Nacional reunida en Córdoba entre los días 16, 17 y 18 de diciembre.
Nuestro Partido ha visto con singular complacencia la resolución del Gobierno Provisional de la Nación y de sus interventores en algunas Provincias, de constituir Juntas Consultivas integradas por hombres políticos representantes de los diversos partidos, para asesorar al Gobierno. La Revolución Libertadora procediendo así ha sentado un precedente institucional de gran valor para la solución de los problemas presentes y de incalculables consecuencias para el futuro.
Los partidos políticos son instituciones necesarias de una sana democracia, pues cada cual, desde un punto de vista particular, interpreta el sentir de diferentes sectores ciudadanos. Escuchar la voz de estos partidos políticos es pues, tomar el pulso del pueblo, conocimiento sin el cual no es posible una obra real y adecuada de gobierno.
Por otra parte la creación de las Juntas demuestra que el Gobierno Provisional tiene conciencia cabal de los elementos que contribuyeron a su formación, y lealtad para el cumplimiento de los fines propios de la Revolución. Lo primero, porque la ciudadanía toda y las fuerzas políticas que la representan, tuvieron parte muy trascendente en la resistencia de los pasados doce años, prepararon el clima y colaboraron en el estallido de las Fuerzas Armadas que coronó gloriosamente la larga e ininterrumpida lucha contra la tiranía; lo segundo porque establecidos como fines revolucionarios y eminentes el imperio del derecho, la restauración de la vida democrática y el carácter popular del movimiento, el Gobierno Provisional ha cumplido con medidas de autolimitación como la instauración del Poder Judicial, entre otras, realizándolas con disposiciones como la que nos ocupa, que permite una expresión política democrática en la medida que es posible en la etapa en que se encuentra la Revolución.
Las Juntas Consultivas, como se ha dicho, no constituyen un Parlamento ni un consejo de Estado sino un organismo de consulta del Poder Ejecutivo. Creemos que para su mejor éxito todas las Juntas Consultivas deben tener reglamentos mínimos que establezcan su funcionamiento.
A este respecto nuestra Convención Nacional de 1955 opina que los puntos fundamentales de ese Reglamento deben ser los siguientes:
1) Constitución de las Juntas Consultivas con un número fijo y determinado de personas.
2)    Designación de un representante del Gobierno para presidir las deliberaciones.
3)    Confección de actas de todo lo tratado y resuelto.
4)    Publicidad de los problemas que se traten.
5) Libertad de los miembros de las Juntas para dar publicidad a sus respectivas posiciones.
La enunciación hecha excusa de argumentar en su favor, pues su procedencia surge por sí sola. Naturalmente que consideramos que las personas que en número fijo y determinado forman las Juntas deberán ser siempre representativas de partidos políticos democráticos.
La presidencia de un representante del Gobierno, facilita la comunicación entre el Poder Ejecutivo y la Junta.
Las otras medidas hacen a la necesidad de dar a las Juntas las posibilidades de una comunicación inmediata y permanente con la ciudadanía de la que son intérpretes; y permitirán también llevar al pueblo el pensamiento del gobierno sobre las materias sometidas a consulta.
Ello no excluye el necesario secreto cuando la materia de las reuniones sea de las que corresponde tratarse de esa manera.
Dejamos así establecido, Señor Presidente, el punto de vista de nuestro Partido sobre el asunto que motiva esta presentación. Nos ha llevado a hacerlo el voto de nuestra Convención Nacional, y la decisión de colaborar con el Gobierno Provisional de la Nación para todo cuanto signifique el mejor éxito de la Revolución Libertadora.
.Dios guarde al Señor Presidente.
Lucas Ayarragaray                                   Juan T. Lewis
    Presidente                                            Secretario


Doble indemnización y sábado inglés, 6 de enero de 1956

DOBLE INDEMNIZACIÓN Y SÁBADO INGLÉS
Buenos Aires, 6 de enero de 1956.
A su Excelencia el Señor Presidente Provisional de la Nación General de División Pedro Eugenio Aramburu
Señor Presidente:
Tenemos el agrado de dirigirnos al Excelentísimo Señor Presidente Provisional de la Nación para cumplir lo resuelto por la Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano en su reunión del 29 de diciembre del año ppdo., a fin de evitar trastornos que puedan ocasionar resoluciones judiciales de casos particulares, que modifiquen la interpretación más generalmente dada a disposiciones de leyes de trabajo y previsión o nieguen valor institucional a leyes provinciales que contemplen modalidades de trabajo, por ello la JUNTA NACIONAL DEL PARTIDO DEMÓCRATA CRISTIANO RESUELVE:
1)  Solicitar del Gobierno Provisional de la Nación, que dicte las disposiciones necesarias para dar fuerza legal a criterios judiciales impuestos con carácter general como la doble indemnización en caso de despido sin preaviso, y otros similares.
2)   Solicitar de igual autoridad que dicte un decreto ley que ponga en vigencia en todo el país, el llamado sábado inglés.
3)   Encomendar a los miembros del Partido que actúan en la Junta Consultiva Nacional, que sostengan la necesidad de resolver estas proposiciones ante el organismo que integran.
Dios guarde al Señor Presidente.
Lucas Ayarragaray                                   Juan T. Lewis

    Presidente                                            Secretario

Universidad y libertad de enseñanza, 5 de enero de 1956

ORGANIZACIÓN DE LA UNIVERSIDAD Y LIBERTAD DE ENSEÑANZA
Buenos Aires, 5 de enero de 1956.
A su Excelencia el Señor Presidente Provisional de la Nación General de División Pedro Eugenio Aramburu
Señor Presidente:
La Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano tiene el agrado de dirigirse a Su Excelencia para manifestarle el agrado con que hemos recibido la promulgación del Decreto Ley sobre la organización de las Universidades.
La Libertad de enseñanza en todos sus grados, desde la primaria hasta la universitaria, es un postulado fundamental del Partido; y si bien el decreto no libera totalmente a las universidades de la tutela estatal, les concede una autonomía considerable y mayor que la que tuvieron en el pasado.
A este respecto debemos señalar:
1)  El Gobierno no les ha impuesto un estatuto común a todas las Universidades: ha dictado tan sólo un reglamento provisorio que permite su constitución para que una vez recuperada su autonomía cada universidad se dé a sí misma su estatuto propio “según la modalidad de su tradición y la conveniencia de su ámbito local”.
2)    La derogación del art. 1 inc. 6) y el art. 3 de la Ley 1597 (Ley Avellaneda) da a las Universidades plenos poderes para designar y remover sus profesores sin la intervención del Poder Ejecutivo.
3)   Se ha reafirmado la libertad académica al asegurarle a las Universidades el pleno gobierno de los estudios y el derecho de confeccionar sus planes de enseñanza.
4)  Se ha postulado la independencia financiera y administrativa de las universidades, para lograr las cuales será preciso que el fondo previsto sea suficiente para satisfacer ampliamente sus necesidades y sea administrado directamente por ellas, sin otro contralor que el contable necesario para asegurar el uso correcto de ese fondo.
5)   Se ha reconocido a la iniciativa privada el derecho de organizar universidades libres capacitadas para expedir títulos y diplomas habilitantes. La reglamentación a dictarse no deberá tener otro objeto que el asegurar el auténtico carácter universitario de estas instituciones, sin pretender limitar ni orientar sus actividades académicas, y dar la debida intervención a los Colegios Profesionales para el ejercicio de las actividades propias de cada carrera.
Este régimen es indudablemente adecuado para el paso del estado actual hacia una plena libertad de enseñanza en el campo universitario, libertad que constituye uno de los puntos fundamentales del Partido.
Dios guarde a Vuestra Excelencia.
Lucas Ayarragaray                                   Juan T. Lewis
    Presidente                                            Secretario


Se urge la constitución de paritarias, 4 de enero de 1956

SE URGE LA CONSTITUCIÓN DE LAS COMISIONES PARITARIAS DE TRABAJADORES Y PATRONOS
Buenos Aires, 4 de enero de 1956.
A su Excelencia el Señor Presidente Provisional de la Nación General de División Pedro Eugenio Aramburu
Señor Presidente:
La Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano tiene el agrado de dirigirse a Su Excelencia para expresarle la satisfacción con que el Partido ha visto la adopción de numerosas medidas por parte del Gobierno Provisional. Entre ellas señalamos la prórroga de las leyes de arrendamientos rurales y urbanos, que llevan tranquilidad a millares de hogares mientras se encaran soluciones de fondo a los problemas humanos que ellas comportan; la creación de la Comisión Nacional de la Vivienda, de cuya acción rápida, decidida y enérgica se esperan frutos inmediatos; el Estatuto del Servicio Doméstico; las claras orientaciones señaladas por el Ministerio de Trabajo sobre el salario vital mínimo; la preocupación del Gobierno Provisional por el alza del costo de la vida y por adecuar al mismo los salarios; hechos todos que, junto a otros de carácter social económico, cultural y educacional, revelan la clara tendencia revolucionaria hacia el logro de la justicia, sin la cual no puede existir una verdadera libertad.
Asimismo el Partido Demócrata Cristiano, en el deseo de contribuir al afianzamiento de una política democrática y popular, en la que coincide con ese Gobierno, considera necesario hacer saber al Presidente del Gobierno Provisional su inquietud por la inmediata constitución de las Comisiones Paritarias de Trabajadores y Patrones para realizar el estudio de los futuros convenios colectivos de trabajo.
La demora en formalizarlos haría que al vencimiento de los existentes se careciera de los estatutos jurídicos que rijan las relaciones laborales, con la consiguiente alarma de los trabajadores. Deberá suministrarse a esas Comisiones Paritarias cuanta información sea posible sobre el aumento del costo de la vida, la situación de las empresas, los recursos impositivos y el estado económico del país. Si, como parece deducirse de los estudios realizados por nuestro Partido, el aumento del costo de la vida durante el último año del régimen depuesto ha sido del 25%, es necesario que dichos convenios provean los medios que satisfagan ese aumento.
Naturalmente que los recursos para ello no podrán salir en ningún caso de una política inflacionista, que siempre tiene como primer víctima al trabajador y como beneficiarios directos a las oligarquías de los regímenes que las aplican; esos recursos deberán salir: de una mayor productividad; de una mejor distribución del régimen impositivo, que aumente los impuestos sobre las grandes entradas; de una modificación del impuesto a las ventas; y por último, de las ganancias de las empresas, que estamos seguros que contribuirán para fines tan nobles en un afán de superación y de consolidación del esfuerzo de todo el país para el derrocamiento de la tiranía. Razones elementales de justicia social exigen la urgente discusión de esos contratos, cuya tardía solución  impondría recurrir nuevamente al sistema de pagos con retroactividad, del que tanto se abusó en los últimos años, con su perniciosa incidencia en la economía familiar del trabajador y en el desenvolvimiento financiero de las empresas.
Dios guarde a Su Excelencia.
Lucas Ayarragaray                                   Juan T. Lewis
    Presidente                                            Secretario


jueves, 24 de septiembre de 1970

El Partido DC al pueblo y al gobierno, 24 septiembre 1955


Manifiesto de la Junta Promotora Nacional del Partido Demócrata Cristiano, fechado el 24 de septiembre de 1955,  titulado: “El Partido Demócrata Cristiano al pueblo y al gobierno”


El Partido Demócrata Cristiano celebra la terminación del régimen político que ha dividido a los argentinos, llevando el odio, la corrupción, la violencia, la delación y la mentira al seno del trabajo y de la familia. Ese régimen reconoció como causa fundamental el planteo reaccionario que las clases dirigentes tuvieron hasta 1943, la promoción de los gobiernos de fuerza, el desconocimiento del orden jurídico, la hipocresía democrática que condujo a la crisis de las instituciones republicanas, la insensibilidad de los gobernantes ante los reclamos populares, su incomprensión ante la angustia del mundo del trabajo, su ineficacia para establecer la justicia social, su errada política económica, su prepotencia policial y el desinterés de mucha gente honesta por la cosa pública.
Ha caído para siempre la segunda tiranía que ensombreciera la República. Los atropellos a todos los derechos inherentes a la persona humana, el desprecio a su dignidad, manifestado en asesinatos, torturas y exilio de los que quisieron evitarlo; la destrucción del gobierno de la ley; los ataques a la moral con la corrupción organizada de las costumbres; el desconocimiento del derecho de propiedad privada; la aniquilación de la libertad sindical, conversión de los gremios en agencias de propaganda partidista y la digitación de los dirigentes obreros; la formación y enriquecimiento de una nueva oligarquía; la persecución religiosa, la conversión del adversario político en enemigo de la Patria; la destrucción del régimen republicano, representativo y federal; el despilfarro de los dineros del pueblo; el incendio del pabellón nacional para utilizarlo como argumento político; el asolamiento, profanación y saqueo de los templos; la pretendida entrega de nuestras fundamentales fuentes de riqueza a empresas extranjeras para conjurar la crisis económica, son baldones que el régimen depuesto no podrá justificar jamás.
Al rendir homenaje a todos los que pagaron con sus vidas, su libertad y sus bienes en esta gesta de liberación y de recuperación de la decencia argentina; a los héroes anónimos y conocidos, civiles y militares, de esta rebeldía amasada durante doce años con grandes dolores y esperanzas, y que culminara con la valiente acción de las armas nacionales, el Partido Demócrata Cristiano, al mismo tiempo que expresa su júbilo, hace presente la necesidad de meditar y sacar conclusiones de tan amarga experiencia.
Aun cuando la Democracia Cristiana afirma que la solución para los problemas políticos no está en los golpes de estado y sabe que la omnipresencia del militarismo en las funciones gubernamentales es nociva para la vida institucional, no puede sino regocijarse con el movimiento de liberación, atenta la amenaza de destrucción definitiva de la posibilidad de vida civilizada en nuestro país que el régimen derrocado significaba y ante los sanos propósitos expuestos por el gobierno provisional.
El olvido de la justicia social impulsó a una parte del pueblo argentino a tolerar la supresión paulatina de las libertades, para procurar alcanzar aquélla.
Frente a los que ostensible o encubiertamente sueñan con menospreciar las conquistas sociales, afirmamos nuestra decisión de defenderlas sin arbitrariedades, pero sin vacilaciones. Dichas conquistas, sagradas para el pueblo argentino, no sólo deberán ser respetadas, sino llevadas a su máxima realización conscientes de que la hora que vive el mundo es la de la promoción de la clase trabajadora.
El Partido Demócrata Cristiano entiende que el gobierno provisional, para satisfacer las aspiraciones de la ciudadanía, deberá esencialmente, en el corto lapso de su gobierno, ajustar sus actos a las siguientes direcciones: respeto y acatamiento de la Constitución Nacional, cuya reforma no deberá emprender, pues esa tarea sólo puede ser hecha en una época de normalidad institucional; formación de un gabinete apolítico, pero integrado por hombres cuya capacidad, honestidad y reconocida fe democrática los ponga a cubierto de cualquier sospecha de intereses partidistas, tendencias totalitarias o traición a los intereses populares; represión enérgica de los saboteadores de la libertad, del trabajo y de la justicia social; supresión de las leyes represivas y de las que atenten contra la unidad de la familia y la indisolubilidad del matrimonio; libertad de enseñanza y plena autonomía universitaria; información del actual estado económico, social y financiero del país y realización de un censo integral e inventario de sus bienes y riquezas; confección de nuevos padrones electorales, sustitución de la actual ley de los partidos políticos por un régimen que permita la participación de las nuevas fuerzas políticas y establezca una nueva reinscripción de los afiliados; modificación del régimen electoral, estableciendo la representación proporcional; prohibición de que en las próximas libres elecciones que constituyan los poderes del país puedan ser candidatos los que han ocupado cargos dirigentes en el gobierno depuesto; investigación y juzgamiento de la actuación de los magistrados y funcionarios salientes; retorno de la función policial a su labor específica de custodia del orden civil y de los derechos ciudadanos; reorganización del Poder Judicial, devolución de su independencia natural e integración de sus tribunales, especialmente de la Corte Suprema y de los Tribunales del Trabajo, con magistrados que tendrán un claro sentido jurídico y social.
En la dura tarea del restablecimiento de la democracia en la República, el gobierno provisional deberá estar atento y consciente de la importancia de los riesgos que lo acechan: el comunismo, infiltrado en los organismos gubernamentales, en la vida sindical y en los medios de información y propaganda, que hoy intenta capitalizar la lógica preocupación de quienes miran con desconfianza a la revolución triunfante; el nacionalismo, aún aquél que hoy se disfraza de democrático, que so  pretexto de amor a la patria y a la religión, las desvirtúa en su esencia humanista y universal, y que ya en dos oportunidades, las anteriores revoluciones argentinas de este siglo, impidiera con su aprobación el restablecimiento de la libertad y de la democracia y el logro de la justicia social; la mentalidad reaccionaria conservadora incapaz de nuevas creaciones, insensible ante la cuestión social y defensora de injustos privilegios.
Esta es la revolución del pueblo argentino, y ningún partido, tendencia o fracción puede pretender, sin fallar a sus más elementales deberes cívicos, en esta hora de unidad nacional, convertirla en medio para la consecución de los fines de su grupo político. Los partidos políticos constituidos y en formación deberán entrar a participar del futuro gobierno constitucional por las puertas de comicios libres y no por los boquetes dejados por el cañón.
Que la concordia y la paz retornen al seno de los hogares, a los lugares de trabajo, a las calles, a las plazas y a los templos para que, sin distinción de colores políticos y con la activa participación de todos los ciudadanos, mujeres y hombres, construyamos una Patria justa y libre. No es esta la hora de la violencia, sino la de la tolerancia; ni de la venganza, sino la de la fraternidad. Como expresión de un anhelo popular y como demostración de sus propósitos, el gobierno provisional deberá disponer a la mayor brevedad la destrucción, en acto público solemne, de los instrumentos de tortura que sirvieran hasta ayer, como otrora, a los fines de la tiranía.
Buenos Aires, 24 de septiembre de 1955.
Junta Promotora Nacional del Partido Demócrata Cristiano
Salvador F. Busacca, Juan T. Lewis, Carlos Juan Llambí, Manuel V. Ordóñez y Juan José Torres Bas.
(Publicado en “Avanzada, al frente de la sociedad en el espacio y en el tiempo”, órgano oficial del Movimiento de Avanzada Social Cristiano, Año 1 Nº1, Bs. As., 4 de noviembre 1955, página 3)


miércoles, 23 de septiembre de 1970

La DC Argentina al pueblo y al gobierno, 11 julio 1955

Manifiesto de la Junta Promotora Nacional del Partido Demócrata Cristiano, fechado el 11 de julio de 1955 y hecho  público el 13 de julio de 1955,  titulado: “La Democracia Cristiana Argentina al pueblo y al gobierno”
La Democracia Cristiana es un partido político con base doctrinaria, que está en la conciencia del país y que sólo reclama las libertades esenciales para constituirse y actuar.
No llega para desplazar a ninguno de los partidos existentes. A todos los saluda y reconoce lo que han hecho por el progreso de la república. Viene a ocupar un puesto que cree vacante y a dar satisfacción a un ansia ciudadana: el deseo de acción dentro de la corriente que exponemos, de una gran parte de nuestro pueblo, celosa esta vez de participar en la vida política del país. Pensamos que tal estado de espíritu es uno de los frutos buenos de la conmoción de estos últimos años.
El país está pasando una de las grandes crisis de su historia. La primera fue la crisis de la independencia, que se desarrolla entre los años 1810 y 1816; siguió la de la organización nacional, que nos lleva hasta 1860. Dió paso a la crisis política, cuya solución la inician las elecciones que comienzan en 1912. El comienzo de siglo plantea la crisis social.
La crisis social no ha sido creada sino sólo exacerbada por el gobierno actual. La produjeron el creciente desarrollo económico del país, la mayor conciencia del pueblo trabajador, la difusión de ideologías que giraban en su torno y el abandono culpable de los núcleos dirigentes. Los problemas que ella trajo no han sido resueltos: lo impidió el fraude político en que vivimos desde hace más de veinticinco años, la desconfianza en nuestras instituciones y la ceguera de muchos; y actualmente el menosprecio gubernativo por la libertad, los derechos humanos y el orden moral. No hay posibilidad de solución mientras todos no comprendamos adecuadamente este hecho fundamental, lo sintamos hondamente en nuestras almas y nos unamos sin rencores ni desconfianza en una gran cruzada de salud nacional. Todo en este momento es posible en nuestro país: así la instauración de un colectivismo imperialista y esclavizante, como de un verdadero orden social que permita vivir con la dignidad que corresponde a los hombres libres. ¿Cuál es la salida que elegiremos?
¿En que consiste la crisis social en que nos debatimos? Es una crisis moral y una crisis de las instituciones sociales. El mundo ha abandonado los principios que crearon la civilización occidental para instaurar un orden inhumano, contrario a las legítimas aspiraciones de la persona y a su vocación trascendente al tiempo. A la libertad, presupuesto necesario de toda acción humana, se la ha puesto como fin y no como medio para lograr la felicidad. El desconocimiento del derecho de los hombres a los beneficios de la civilización, los ha precipitado a entregarse a los gobiernos de fuerza para conseguirlos, con lo que ha nacido la disgregación de la sociedad y el monstruo del Estado moderno, fuera del cual todo lo que existe le está sujeto.
No creemos que la buena dirección es patrimonio exclusivo de lo que se llama oposición en el país. Tampoco admitimos que la mayoría de los afiliados a los movimientos oficiales desean que las conquistas a las que tienen derecho sean dádivas gubernamentales al precio extremadamente costoso e inaceptable de la libertad personal y sindical. Los problemas que la crisis que analizamos presenta, superan las distinciones partidarias y obliga a los partidos y a las instituciones a definir claramente su posición para que sepamos donde estamos y con quienes se puede emprender la gran tarea de integración nacional.
Para contribuir a realizarla aparece la Democracia Cristiana como partido político en formación.
Al decir que es partido político manifiesta que es una agrupación libre de ciudadanos, cuya misión la integran la formación cívica del país, la investigación de los problemas y soluciones nacionales, y la participación en el gobierno de la República.
Como partido democrático se pronuncia abiertamente, sin retaceos de ninguna especie, por ese régimen político, que lleva implícito en sí la posibilidad de su progresiva perfección.
Al agregar cristiano manifestamos su finalidad, confesando nuestra concepción del mundo temporal. A la situación en que se encuentra el mundo moderno lo ha llevado al olvido de los principios del cristianismo. No es abandonándolo más que nos salvaremos, sino volviendo a su imperio en las almas y en la acción. Sólo con el concepto realmente cristiano del hombre, la familia, la sociedad civil y el Estado constituiremos la sociedad nueva, fecunda en realizaciones individuales y comunitarias que beneficien a todos.
Cristianismo significa, pues, en nuestra denominación ese horizonte doctrinal. Lejos de nosotros el pensar hacer un movimiento confesional, en el cual sólo los católicos tengan cabida: no lo queremos, y lo repudiamos en el plano político. La Iglesia no nos dirige, no sólo porque no lo quiere, en la indiferencia que guarda para todos los regímenes políticos, sino también porque queremos resuelta y lealmente dejarla al margen de las contiendas cívicas para que pueda cumplir su propia misión. Por ello, para formar parte de este movimiento, el ser católico no es condición; sí la conciencia plena con el ideario con que vamos caracterizándolo.
Este movimiento viene de lejos: aparece en los hombres de Mayo; se manifiesta en la Asamblea de 1813 y el Congreso de Tucumán; vive en Gorriti y en las más fundamentales de las Palabras Simbólicas de la Asociación de Mayo; lo niega Rosas y la tiranía; brilla esplendente en la Constituyente de 1853, cuyo Presidente Zuviría se proclama a sí mismo demócrata y cristiano; se va realizando a través de varias de las presidencias posteriores; y su verbo, luz y energía en Esquiú, Frías y Estrada y su legión, las enseñanzas de los cuales y cuyos testimonios de vida han formado nuestras inteligencias e inspirado nuestra conducta. Puede decirse que siempre que la República ha seguido la dirección histórica que hoy representamos, ha habido paz y progreso; y en la medida que se ha tergiversado, abandonado o negado, las calamidades han llovido sobre el país.
La Democracia Cristiana parte de la naturaleza del hombre. El hombre es lo único eterno en la Creación; todo pasará, él no pasará nunca. Por ello es el centro de todo; y Estado, sociedad, familia, escuela, economía, sindicato, están a su servicio.
No hay régimen posible, no sólo humano ni siquiera civilizado, si se niega al hombre el acceso a la verdad o se le coarta la libertad para conseguir la justicia.
La libertad es una e indivisible. No hay libertad religiosa sin libertad política: el incendio de los templos lo ha probado terminantemente; ni libertad política sin libertad económica: la revolución social en que vivimos y los regímenes totalitarios que padece el mundo lo demuestran paladinamente.
Este régimen de libertad lo niegan igualmente el liberalismo individualista y anarquizante, que lleva al libertinaje y la revolución, y el colectivismo económico con su economía dirigida. Estamos contra uno y contra el otro: contra el primero, porque niega la naturaleza humana, desconoce a Dios, disgrega la sociedad y produce el proletariado; contra el segundo, porque además de todo ello esclaviza al pueblo.
Estamos resueltamente por el régimen de libertad económica y decididamente en contra de esa excrescencia que violando el orden económico, negando el orden moral, viviendo del espíritu de lucro y valiéndose del monopolio, ha producido la degeneración histórica que ha dado en llamarse capitalismo moderno.
La libertad así entendida nos lleva también a la afirmación de la necesidad que esa libertad produzca la Justicia. Libertad y Justicia, he ahí uno de los lemas de nuestro partido y la opción en la que el mundo se encuentra. Un orden social sano debe armonizarlas.
Ni libertad para morirse de hambre, ni justicia que beneficie a una parte sola del pueblo. El mundo del trabajo exige participar en la vida de la comunidad. Esta exigencia se basa en la prioridad y dignidad del trabajo, el primer servido que debe existir en todo sano orden económico. Ilusión e injusticia sería pretender desconocer las conquistas alcanzadas por el pueblo trabajador. La Democracia Cristiana no sólo las defenderá siempre y contra quien sea, sino que procurará darles toda la efectividad posible, mediante el mejoramiento social. Más aún convencida como está que la cuestión obrera no es sólo cuestión de salario sino de dignidad herida, tiene como uno de sus deberes, la promoción de cuanto conduzca a su misma satisfacción.
El hombre tiene ciertos derechos que le son propios, pues le han sido dados con su naturaleza y que conoce por el testimonio de la conciencia: tales son el derecho a la vida y a la integridad física y espiritual, a adorar a Dios y a servirlo, la libertad de enseñanza, la asociación con fines útiles, la fundación de una familia sobre la base del matrimonio monogámico e indisoluble; el derecho de elegir el trabajo, el salario justo y la participación en la empresa; la propiedad y la expresión de las idea. Estos derechos son anteriores al Estado y la Sociedad, y su mención en las Constituciones y leyes no significa su concesión sino el reconocimiento de su preexistencia. Es a través de esos derechos, que los hombres logran su felicidad, fin de su acción.
Para la Democracia Cristiana, la sociedad tiene como objeto el bien común de todos, bien común que no puede realizarse negando los bienes particulares de cada uno de sus componentes: no hay Estado rico con ciudadanos pobres, ni socialmente justo porque gocen de ellos sólo los miembros del grupo oficial. Por ello deben promoverse, respetarse y ayudarse todas las organizaciones intermedias: municipio, provincias, asociaciones profesionales y de trabajo, asociaciones familiares, escuelas, entidades culturales y partidos políticos, que integran con la debida jerarquía el orden social. De su vitalidad particular nace la salud del cuerpo social.
El Estado es un ente ético. Su función es la de la protección y coordinación de los derechos humanos. Está al servicio del hombre; no puede hacer lo que éste solo o con su ayuda puede realizar. En el resto puede obrar pero sólo supletoriamente, esto es como gerente o intérprete del hombre al que sirve. El Estado sano, es un Estado legítimo y no fraudulento, coordinador y no absoluto y lo más posible descentralizado; lo contrario es el totalitarismo.
El hombre en razón de su trascendencia y eternidad pertenece por vocación y destino a otra sociedad que la del tiempo. Esa sociedad es la Iglesia. Estado e Iglesia son dos sociedades igualmente perfectas en su orden propio y cuya armonía, dado que tienen los mismos miembros, es necesaria para que la vocación humana se cumpla y la Iglesia realice plenamente su misión.
La Fe no es de jurisdicción del Estado, que no es definidor de la verdad teológica. La Fe no es materia de sometimiento sino de convencimiento. Por lo tanto, debe el Estado el respeto máximo al diálogo del hombre con Dios, y debe, cualquiera sea la forma en que el hombre lo realiza, aunque la crea errónea, tolerarlo civilmente. En cumplimiento de sus fines debe procurar por todos los medios que reine la paz religiosa a fin de que fructifique el mensaje que Dios deposita en cada alma.
Por último, afirmamos que la Nación Argentina forma parte de la sociedad supranacional e integra la colectividad histórica y jurídica de las naciones americana. La aparición de éstas permitió dividir la historia del mundo en dos partes: el Viejo y el Nuevo Mundo. Nuevo Mundo cuyas características esenciales son que todos sus pueblos se han dado un régimen democrático de gobierno y creen en el mismo Dios.
Los principios que acabamos de exponer necesitan, para llevarse a la práctica, su reconocimiento por la ley. Nuestra República tiene la felicidad que su Constitución Nacional los contiene a casi todos, permitiendo, a través de su reforma, adecuarla al resto. La constitución es la partida de nacimiento jurídico de nuestra patria y la carta de unión de los argentinos. Por ello la Democracia Cristiana será siempre su defensora acérrima y decidida promotora de todas las posibilidades que contiene. La Constitución celosamente observada y lealmente cumplida, en espíritu y en verdad, es el cimiento imperecedero de la reconstrucción nacional. 
El Presidente de la República ha invitado a todas las fuerzas políticas a “acuerdos para que sea posible la convivencia y coexistencia política en el país”. Con la franqueza que será una de las características de nuestra acción, pero con el respeto que es norma de convivencia, debemos decirle que así como su acción decidida y enérgica ha sido uno de los elementos determinantes para la realización de las conquistas sociales de que en buena hora goza el pueblo trabajador, su personalismo y su menosprecio de los derechos constitucionales han sido el obstáculo máximo para que esa tarea pudiera haberse cumplido en la libertad y la paz. Como hombres “responsables y de buena voluntad” venimos a manifestar nuestra posición. Hubiéramos deseado hacerlo en el pleno ejercicio de nuestros derechos: sólo se nos concede entrar a exponerla por la puerta de servicio, pero no desperdiciaremos esta ocasión de hablar al Gobierno y al Pueblo.
Creemos que el país vive en un estado de tensión insoportable que nos está asfixiando. El odio que se ha venido predicando en estos años, la agudización artificial de la lucha de clases, la división del país en justos y réprobos, la desconfianza de los desposeídos en la buena fe de los demás, la violencia reinante, en fin, ha producido la explosión trágica del pasado mes. Siempre que se impide el ejercicio pacífico del deber de defender lo que todo derecho importa, se abre el camino a la fuerza y a la destrucción.
La Democracia Cristiana nunca ha inspirado, ni participado, ni ejecutado ninguna de las conmociones de que el país ha sido teatro en los últimos tiempos; y es partidaria de la convivencia en la paz y no de la violencia.
Por ello manifiesta, como condición fundamental de esa convivencia, retomando uno de los mandatos de nuestra historia, que el pasado debe clausurarse definitivamente, perdonándonos cristianamente unos a otros los errores cometidos y abriendo la nueva era con la proclamación de que “no hay vencedores ni vencidos, sino sólo argentinos unidos fraternalmente para siempre”. Un gran movimiento de solidaridad nacional tomará a su cargo la indemnización de los perjudicados de todas las revueltas y en todos los bandos. Con ese espíritu y abominando de todo lo que sea odio, división y desconfianza, estableceremos la base primera de la concordia nacional. 
La conciencia social además siente que hay cosas que están definitivamente muertas y otras que deben morir. Pensar en volver a la situación anterior al 4 de junio es imposible y absurdo; pretender mantener la situación política actual es contrariar el anhelo general: ni restauración ni continuismo. El pueblo exige superación, entendiendo como tal un nuevo orden social y político que recogiendo de los anteriores todo lo que tengan de aprovechable, permita que el país sea el país de la verdadera libertad, la justicia social y el progreso de la comunidad .
El cumplimiento de esos dos puntos desbrozará el camino para las otras medidas que deben tomarse.
Una de ellas es la vigencia plena de la Constitución. Ello permitirá el ejercicio de los derechos humanos y el encarrilamiento de la vida política. Pero esa vigencia debe ser real y efectiva. Desgraciadamente debemos afirmar que sus derechos y beneficio han sido sistemáticamente negados, durante los últimos años y en mayor o menor proporción, a todos los argentinos. ¿Cuántos presos ha habido sin que se les haya sometido a proceso? ¿Cual domicilio ha sido sagrado para la autoridad? ¿Dónde están los argentinos que niegan la libertad religiosa? ¿Qué movimiento popular pidió el divorcio? ¿A quién satisface el régimen educacional vigente? ¿Por qué un ciudadano honesto necesita certificado de buena conducta para trabajar, dar examen o viajar? ¿Donde están la prensa y radio libres? ¿Es que no constituye motivo de vergüenza nacional la existencia de exiliados? ¿Por qué los datos estadísticos son secreto de Estado? ¿Es posible haber usado el lenguaje del insulto y la diatriba continua como lenguaje oficial? ¿Por qué se prohíbe sistemáticamente el diálogo entre los argentinos? ¿A qué ha quedado reducida la independencia judicial y legislativa? ¿En que está la dignidad del trabajador que no se satisface sólo con un salario, por más justo que sea? ¿Dónde están los dirigentes sindicales cuyos nombramientos proceden de elecciones libres? ¿Cómo se compagina la austeridad administrativa y la honestidad personal con la fortuna de muchos de los nuevos capitalistas argentinos?
La vigencia de la Constitución Nacional requiere entonces para que sea verdadera, que el acento se ponga , en estos primeros pasos, en todo lo que se refiere a la seguridad personal. No olvidemos las enseñanzas de nuestra historia: tres de los primeros decretos de la Junta de Mayo consagraron el derecho de petición, la libertad de prensa y la seguridad personal.
Por último, considera la Democracia Cristiana que el alma del país está agitada por la angustia, el rencor y la desconfianza, y que necesita tiempo para llegar a la tranquilidad de la que nunca debió salir. Se recobrará la calma, lentamente, con un cambio fundamental de espíritu y en proporción al aporte de todos para restablecer la concordia nacional.
Por ello supuestas las otras condiciones es necesario también que aquel uso de la totalidad de las libertades que pertenecen de pleno derecho natural y jurídico a todos y cada uno de los argentinos, se haga con moderación y prudencia, con un gran sentido de la responsabilidad social. Así salvó Urquiza al país después de la dictadura de Rosas, no obstante las críticas de los exaltados; y así se han hecho los movimientos de concordia a través de la historia universal.
Al dejar así manifestada su posición la Democracia Cristiana hace cuestión de sistema y de espíritu; menos cuestión de personas. En esta tarea deben participar todos los hombres, cualquiera haya sido su posición política en el pasado, con tal que acepten ese planteamiento. Sólo deben quedar excluidos aquellos que han cometido los delitos penados por nuestras leyes y que deberá sancionar la Justicia.
Ya está dicha nuestra palabra. Ella señala lo que creemos debe hacerse por el Gobierno y por el Pueblo. El señor Presidente de la República gusta decir: “mejor que decir es hacer; mejor que prometer es realizar”. Cumpla su lema: suprima los elementos que causan la discordia; y que su palabra vaya seguida de los hechos que todo el país anhela. Si así lo hace, habrá concordia. El Pueblo, del que procedemos y al que amamos, cumplirá indefectiblemente con lo que le corresponde por que lo exigen la Justicia, la Paz y la Patria.
Adelante, pues, en unión de ideales y esperanzas.
Buenos Aires, Julio 11 de 1955
Por la Junta Promotora Nacional del Partido Demócrata Cristiano
Salvador F. Busacca, Juan T. Lewis, Carlos Juan Llambí,
Manuel V. Ordóñez y Juan José Torres Bas.